El olor a antiséptico y la luz blanca e impoluta de la consulta son mi primer saludo cada mañana. Al encender los equipos y preparar la bandeja de instrumental para las primeras curas, sé que el día no tratará sólo sobre lunares, manchas o erupciones. Trabajar como asistente en una clínica de un especialista dermatologia medica significa entender que la piel es el órgano más visible y, a menudo, el más vulnerable de nuestras emociones.
Muchos tienen la idea errónea de que nuestro trabajo es puramente superficial, pero la realidad tras la puerta cerrada es muy distinta. Aquí no solo vemos epidermis y dermis; vemos historias. Veo la ansiedad en los ojos de un paciente que espera el resultado de una biopsia de una lesión sospechosa, y el alivio profundo —casi tangible— cuando el doctor pronuncia la palabra «benigno». En esos momentos, mi labor va más allá de pasarle el dermatoscopio al especialista o actualizar la historia clínica; mi trabajo es ofrecer una sonrisa tranquilizadora y una presencia calmada.
Una parte fundamental de mi rutina es la educación. El doctor diagnostica y pauta, pero a menudo soy yo quien traduce ese lenguaje médico a la rutina diaria del paciente. Explico con paciencia cómo aplicar los retinoides sin irritar la barrera cutánea o por qué la protección solar no es negociable, ni siquiera en días nublados. Me convierto en confidente mientras retiro puntos de sutura o preparo la sala para una crioterapia. Escucho frustraciones sobre tratamientos pasados que fallaron y valido el sufrimiento que causa el acné severo o la psoriasis en la autoestima de una persona.
Sin embargo, lo más gratificante es ser testigo de la evolución. No hay nada comparable a ver entrar a un adolescente, que hace tres meses miraba al suelo escondiendo su rostro, entrar hoy con la cabeza alta y mirándonos a los ojos porque su tratamiento ha funcionado. Ver cómo la piel sana y, con ella, se recupera la seguridad de la persona, es el verdadero motor de mi profesión.
Al final del día, cuando apago las luces y esterilizo el último instrumento, me siento afortunada. He aprendido que la piel es un mapa de lo que somos, y tener el privilegio de ayudar a cuidarla y curarla es una responsabilidad que asumo con orgullo.