Caminar por Vigo tiene un ritmo particular. Hay una mezcla constante entre la urgencia industrial del puerto y la elegancia pausada de sus zonas comerciales. Hoy, sin embargo, mi ritmo es diferente. No camino para pasear, ni para llegar a una oficina. Camino con una misión que llevo madurando meses, quizás años: encontrar el Distribuidor oficial Relojes OMEGA en Vigo.
No es una compra impulsiva. Nadie se despierta un martes y decide comprarse un Speedmaster o un Seamaster sin haberlo soñado antes. Es un hito. Para mí, representa un cambio de etapa, un trofeo personal. Pero en el mundo de la alta relojería, el «dónde» es tan importante como el «qué». No quiero comprarlo en internet, en una caja gris que llega por mensajería. Quiero la experiencia completa. Quiero la seguridad, el certificado, el apretón de manos.
Bajo por la calle Príncipe, el corazón comercial de la ciudad. El bullicio es constante, gente cargada de bolsas de tiendas de moda rápida, músicos callejeros y el olor a café saliendo de las terrazas. Pero yo busco algo más discreto y eterno. Sé que en Vigo la tradición joyera es fuerte; hay apellidos que llevan décadas adornando a generaciones, pero necesito localizar la placa oficial. Esa pequeña placa dorada o plateada en el escaparate que dice «Authorized Dealer».
Me detengo frente a una de las joyerías más emblemáticas del centro. El cristal es impoluto. Detrás, sobre expositores de terciopelo, brillan piezas que cuestan más que un coche pequeño. Mis ojos escanean las marcas hasta que veo el logotipo griego: la letra Omega (Ω). Ahí está. Es curioso cómo un símbolo tan pequeño puede evocar tanto: la llegada a la Luna, las profundidades del océano, la precisión suiza.
Entrar en la joyería es cambiar de atmósfera. El ruido de la calle Príncipe se corta en seco al cerrar la puerta blindada. El aire es más fresco, huele a madera noble y limpieza. Un empleado, vestido impecablemente, me saluda. No hay prisa aquí dentro. Cuando le digo «Vengo a ver la colección Omega», su expresión cambia ligeramente; sabe que no vengo a mirar escaparates, vengo a hablar un idioma común.
Me invita a sentarme. Cuando saca la bandeja con los relojes, siento un respeto casi reverencial. En una ciudad como Vigo, tan atada al mar, el Seamaster parece la elección lógica. El relojero me lo explica con pasión, señalando la válvula de helio, el bisel de cerámica, el movimiento Co-Axial. No me está vendiendo un objeto; me está contando una historia de ingeniería.
Me pruebo el reloj. El peso del acero frío sobre la muñeca es contundente. No es solo un instrumento para dar la hora —para eso tengo el móvil—; es una pieza de arte mecánico que latirá en mi muñeca sin necesidad de baterías, alimentándose de mi propio movimiento.
Al salir a la calle, con la bolsa discreta en la mano y el estuche de madera roja dentro, veo Vigo con otros ojos. Miro hacia la ría, hacia el mar que define a esta ciudad, y siento una conexión extraña. He conseguido lo que buscaba. No solo he comprado un reloj; he vivido el ritual de adquirirlo en mi propia ciudad, en un lugar donde saben lo que significa el valor del tiempo.